
Este disco cambió mi vida. Para hablar de él, voy a hacer una excepción. Me voy a callar yo, que ya es difícil, y os muestro las inspiradas palabras que escribió Javier Becerra en un fragmento del magnífico artículo “Una tarde de 1990”:
Los Stone Roses de aquel momento eran –opino- una banda prácticamente perfecta. Un batiburrillo donde confluían una imágen magnética, un sonido rayando lo genial y toneladas de implacable carisma que había renovado los aires pop de las islas. Se acababa el lamentarse en la habitación de The Smiths, viendo como se escapaba lo poco que quedaba de juventud a pasos agigantados leyendo a Oscar Wilde, moldeando el tupé como un Elvis con alma de Roy Orbison y amparado en el paternalismo fatalista de Morrissey. Era el momento de salir a la calle, enmarañar el pelo y caminar con altiva indiferencia. De sentirte envidiado, robarle la novia a ese julandrón que te ponía del hígado y reírte luego cuando en las "cinta de baladas" que le grababa le metía "Lola" de los Kinks como "nuestra canción". De ponerle una banda sonora al trayecto entre la revolución y estabilización hormonal de la juventud y estirarla lo más posible; de colocarse, follar, gritar y hundirse en el precipicio. De saber que tu "lo tienes" y ellos no, de ajustar cuentas con quienes te han hecho daño, sentirte puteado y putear, ir a comerte el mundo y terminar devorado por él. Y, luego, superar el trauma posterior con los mismos brochazos de psicodelia, acidez y pop que trasmite esa genial portada ya clásica de la iconografía musical de las últimas décadas. La madurez de verdad y sus ajustes de cuentas ya llegarían después. Algo que, claro, o se siente y se vive, o no se entiende. Algo que, claro, convierte este disco en algo vital o, simplemente, en un buen trabajo del último pop británico. Algo, en definitiva, por lo que estas loas devendrán como un pálido y bienintencionado reflejo de un momento o irritarán por su malsano subjetivismo. Avisados quedan.
Todavía no hay ningún comentario para The Stone Roses. ¡Deja el primer comentario!